Desde la más tierna infancia, alimentarse no solo es importante desde el punto de vista biológico, sino también psicológico, social y cultural. Nada más nacer, el bebé se acerca al pecho de la madre para favorecer el agarre y el buen início de la lactancia. De esta manera, el pequeño recibe el mejor alimento posible y se refuerza el vínculo profundo entre la mamá y el niño, el llamado bonding. Con el paso de los meses, los momentos vinculados a la lactancia y a los primeros purés continúan teniendo una relevancia fundamental también en el aspecto de las relaciones y el desarrollo psicofísico.

Ya en la vida intrauterina, el niño experimenta y, poco a poco, perfecciona su capacidad de alimentarse y deglutir. Una vez nacido, el bebé cuenta con una potencialidad genética, que se manifiesta a través de comportamientos instintivos y que le permiten sobrevivir inmediatamente después de nacer: los reflejos. Algunos de ellos, por ejemplo, el reflejo de succión, constituyen las bases, junto a los sistemas sensoriales, sobre las que se construirán las posteriores habilidades. Con el tiempo, estas habilidades se transformarán en verdaderas capacidades. Durante el primer año, la función alimentaria se compone de nuevas experiencias que se suceden, una detrás de otra, rápidamente. No hay más que pensar que solo pasan seis meses desde que la alimentación del bebé, exclusivamente láctea, empieza a recibir la introducción gradual de los primeros purés y los primeros alimentos sólidos. Para afrontar todas estas etapas del desarrollo, el pequeño debe experimentar múltiples novedades en los aspectos sensorial y motor. Aprende a conocer los diferentes sabores y a familiarizarse con diferentes temperaturas, texturas, formas y olores. Además, debe gestionar y perfeccionar la actividad muscular a través de los movimientos de la boca, la lengua, las mejillas y la deglución (y, posteriormente, la masticación), así como, al mismo tiempo, desarrollar su madurez digestiva a nivel gástrico e intestinal. Cada día, el niño se enfrenta varias veces a muchas novedades que observar, afrontar y gestionar, por lo que resulta fundamental que se sienta apoyado y que exista un clima de confianza a su alrededor.
 
A propósito de estos aspectos, la pedagoga italiana María Montes sori fue una gran defensora de la autonomía de los niños, también en la mesa. Según Montessori, cuyo método de educación se ha estudiadoy tomado como ejemplo en todo el mundo, los más pequeños deben sen tirse libres para experimentar, tocar la comida, manipularla y llevár sela a la boca con las manos. Asimismo, es importante que compartan todas las comidas posibles en familia, porque “a los niños no hace falta enseñarles, sino demostrarles cómo se come”. Si un niño se siente lj bre de actuar y percibe serenidad a su alrededor, sentirá comprensión y apoyo en todas las fases de esta etapa del crecimiento, tan delicada y determinante para su bienestar general.
El alimento ideal y mucho más
 
Hace tiempo que conocemos qué contiene la leche humana. En general, proteínas, azúcares, grasas, vitaminas y sales minerales. Sin embargo, en los últimos años, gracias a los avances en el campo del análisis mole-cular, la ciencia ha empezado a explorar la variedad de sus componentes y su importancia para el organismo del niño.
 
Cuanto más tiempo pasa y más se estudia, más se comprende el re curso tan valioso que es la leche materna para el desarrollo y la salud futura del pequeño. Es el alimento específico ideal para el cachorro humano y se produce a medida de las necesidades específicas de cada momento, adaptándose a los cambios de forma dinámica.
Entre el primer y el tercer día de vida del bebé, la mamá produce unas gotas de líquido de color amarillo.
Es el calostro, también llamado “oro amarillo”, más pobre en azú cares y grasa que la leche madura, pero extremadamente rico en protei nas de alta digestibilidad, sales minerales y vitaminas, además de fa gocitos (“células escoba”), antibactericidas y antimicóticos. Su color amarillo seroso se debe a la elevada concentración de inmunoglobulinas (componentes del sistema inmunitario), nucleótidos, sales minerales y vitaminas (sobre todo, vitaminas A, D, Ky B12), De los más de doscientos carbohidratos diferentes presentes en el calostro, el recién nacido solo digiere y asimila una parte. Los demás son el alimento para las bacterias que han empezado a colonizar su intestino. Ofreciendo al bebé la pri
 
1 T. Hennet, L. Borsig, Breastfed at Tiffany’s, Trends in Biochemical Science, 41. 2016, pp. 508-518
 mera leche, la mamá pone en marcha una selección de su flora intestinal (microbiota), gracias a la acción de los anticuerpos producidos por el sistema inmunitario materno, que pasan al bebé a través de la leche.
 
Tras algunos días de calostro, llega la subida de la leche, el inicio de la producción de leche materna por parte del pecho. Los tiempos de la subida de la leche son variables, pero, generalmente, se produce entre tres y cuatro días después del parto, y se manifiesta con síntomas especificos. Algunos de los síntomas más comunes son: aumento del volumen de las mamas y posible sensación de dolor, calor u hormigueo en el interior del pecho. Normalmente, el bebé contribuye a aliviar estos síntomas con el vaciado del pecho.
 
La subida de la leche es inducida por el aumento de la prolactina, una hormona que se estimula a través de la succión del bebé, creando así el paso de la leche materna desde el tejido glandular del pecho a los con-ductos galactóforos.
 
Del 4º al 10º día después de nacer, la leche materna se transforma en una leche de transición: muy abundante, de color amarillento, hiper energética, de elevado contenido en grasa y carbohidratos, pero con me-nos minerales y proteínas. A esta le sigue la leche madura, rica en grasa y carbohidratos, y con un aporte proteínico y de sales minerales calibra-do en función del aumento de las necesidades nutricionales del bebé.
 
Al mes de nacer, la transición del calostro a la leche madura ya se ha completado, pero el alimento no deja de adaptarse continuamente a las necesidades del niño. Por ejemplo, la leche que el pequeño come al inicio de la toma, cuando el pecho está lleno, es más acuosa y rica en azúcares. Satisface la sed v la necesidad inmediata de calorías. A medida que la toma avanza, la composición cambia y la cantidad de grasa aumenta. Sería un error apartar al niño del pecho pocos minutos después del inicio de la toma y ofrecerle el otro pecho. Así, se le impediría el acceso a la parte más nutritiva de la leche 2 Por otro lado, cuando hace más calor, la leche es más acuosa, Por la tarde y en las horas nocturnas, se enrique-ce de hormonas como la oxitocina, que favorece la relajación y el sueño del bebé. La leche materna tiene un papel determinante para el sistema inmunitario del niño, porque, a través de las inmunoglobulinas A (IgA), se le proporcionan los anticuerpos específicos que combaten a los patógenos. Asimismo, actúa como inmunomodulador, enriqueciendo la microbiota de su intestino.
El porcentaje y la composición de la grasa también cambian con el paso de los meses. De los dos a los seis meses, y todavía más al año, el bebé crece, las tomas se espacian y aumenta la necesidad de energía en cada toma. La leche no “se vuelve agua”, como se suele decir, y no pierde poder nutritivo. Por el contrario, cada vez se hace más rica, adaptándose a las necesidades del niño. En su composición, también aumenta el porcentaje  de ácidos grasos necesarios para la maduración del sistema nervioso central, la visión y el sistema neuromotor. Entre las proteínas, aumentan las que contribuyen al desarrollo del cerebro. La lactancia materna es un sistema impecable, perfectamente calibrado por milenios de evolución